Unos pocos subieron los escalones de una pequeña plataforma de madera que se había instalado en el centro, y uno indicó con la mano en alto que allí debía erigirse un monumento al poder del capitalismo sobre la tierra. Todos dieron muestras de júbilo. Se escuchó una música sentimental y la alegre compañía se puso a bailar el vals para pasar las horas.
Mientras tanto, desde abajo, al nivel de la carretera, salían de la oscuridad a ambos lados del edificio y subían por los peldaños parcialmente iluminados, con sus grilletes resonando en armonía con la música, las masas esclavizadas y sufridas que acudían en respuesta a la orden de construir el monumento para sus amos.
Es imposible describir la exquisita belleza del lento movimiento de aquellas figuras oscuras en diagonal por la amplia escalinata; las expresiones individuales eran por supuesto indistinguibles, y aun así el movimiento y la actitud de los grupos transmitían patetismo y paciencia resistente tan bien como cualquier discurso o gesto individual en el teatro ordinario. Algunos grupos llevaban martillo y yunque, y otros tambaleaban bajo enormes bloques de piedra.
El amor por el ballet ha hecho tal vez que los rusos comprendan el arte de mover a grupos de actores al unísono.
Mientras observaba estas procesiones subir los escalones de manera Aparentemente descuidada y espontánea, produciendo sin embargo un resultado tan elegante, recordé el salto frenético de los arqueros por el escenario en Príncipe Igor, que también resulta Aparentemente descuidado y espontáneo, lleno de una belleza salvaje e irregular, pero que no varía ni un pelo de una función a otra.
Durante un tiempo, los trabajadores obraron en la sombra de su mundo terrenal, y el baile continuó en el paraíso iluminado de los gobernantes de arriba, hasta que al cabo, en señal de que el monumento estaba concluido, un gran disco amarillo fue izado entre aclamaciones sobre la plataforma más alta, entre las columnas.