esposo, presa de la impaciencia, tamborileaba con los dedos sobre el cristal.
—Debo verla antes de decidir la duración de su visita —prosiguió ella, mientras, cansada del juego, se retiraba para echarse un último vistazo en el espejo—. ¿Quieres hacerme el favor de alcanzarme ese chal, Edward?
Se volvió con presteza. En su alivio, habría podido besar el cuello nevado que se mantenía tan erguido frente a él, mientras le envolvía con el chal que había levantado apresuradamente de la silla a su lado.
Pero eso no le habría convenido a aquella belleza tranquila y lánguida, a quien desagradaba cualquier tributo demasiado evidente a sus encantos y reservaba sus caricias para su pájaro.
Además, parecería gratitud, y la gratitud estaría fuera de lugar hacia una esposa que acababa de manifestar su aceptación a la oferta de él de recibir a un pariente de ella misma en su casa.