el haberte aprovechado de mi presencia aquí para averiguar mi nombre y conseguir que te presentaran a mí, después de haberte pedido que olvidaras hasta mi existencia.
Retrocedí ante aquello; se tocó la fibra de mi dignidad.
“No fue aquí donde aprendí su nombre, señorita Preston. Me es conocido desde hace dos semanas. A riesgo de perder por su desagrado lo que ya está en juego por su prudencia, me veo en la obligación de reconocer que, desde la hora en que salí de la casa de su padre aquella noche, no he escatimado ningún esfuerzo compatible con mi profundo respeto por sus sentimientos para averiguar quién era la joven que me había hecho semejante honor y se había ganado tan hondo afecto de mi parte. No tenía la intención de decirle esto —añadí—, pero su sinceridad ha despertado la mía, y sea cual fuere el resultado, debe verme tal como soy”.