con él, y no voy a aguantarlo.
Como si no fuera suficientemente malo tener una tetera con el pico colgando, como para además vivir con un hombre que tiene un secreto que no quiere compartir con su propia esposa y madre de su criatura inocente.
El digno hombre la miró con sobresalto hasta que se puso rojo como un tomate, probablemente por el esfuerzo de mantener la mirada fija durante tanto tiempo.
—¿Quién te dijo que yo tenía un secreto? —dijo él.
“¿Qué quién me lo dijo?”, y luego se echó a reír, aunque de un modo algo histérico, y se sentó en mitad del suelo y tembló y volvió a temblar. “¡Oigan al hombre!”, exclamó. Y le contó la historia del cartel allá en el oeste y luego le preguntó “si se creía que ella no se acordaba de cómo solía comportarse cuando andaba persiguiendo a un ladrón en los tiempos en que estaba en la policía”.