“Quizá —dijo—, pero no puede ser ahora. Tendré que vivir sin ser perfectamente feliz”.
Alzó el rostro y su sonrisa brilló como una estrella.
—¡Oh, Dios es bueno —exclamó—, a usted no le ha de faltar la plena felicidad!; y sacando un pequeño papel del bolsillo, se lo puso en la mano—. Encontramos esto escondido en el pecho de Jacqueline Japha, cuando fuimos a arreglarla para el entierro.
Era solo una línea; pero hizo que la frente del señor Sylvester se sonrojara y su voz temblara.
“Todo lo que poseo, y me han dicho que estoy lejos de estar sin blanca, deseo que se le entregue a la querida y desinteresada muchacha que primero me habló de la vigilia de Margery Hamlin”.
«¡Paula, Paula, Paula, tú eres en verdad mi buen don! ¡Quiera Dios hacerme digno de tu amor y de esta Su última y más inesperada misericordia!».
Y la mirada que cruzó por su rostro fue aquel dulce y sobrenatural resplandor que habla de una paz perfecta.