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nydus/The Sword of DamoclesPublic
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XXXVIII. La cámara de Barba Azul

  • No para él esa pálida ansiedad, que daba paso a un tinte rosáceo al menor ruido en las calles de afuera.
  • No para él esa mirada errante, ardiente de preguntas a las que nada parecía capaz de conceder respuesta.

La mismísima sonrisa con la que lo saludó fue un golpe; era tan olvidadiza del motivo que lo había llevado allí.

—Señorita Fairchild —balbuceó, con el generoso impulso de ahorrarle un dolor innecesario—, usted ha rechazado mi propuesta y sellado mi destino; pero déjeme creer que no he perdido su consideración, ni ese lugar en su amistad que hasta ahora ha sido mi placer disfrutar.

Se despertó al instante tomando conciencia de su situación.

—Oh, señor Ensign —mururó ella—, ¿puede dudar de mi consideración o de la sinceridad de mi amistad? A mí me toca dudar; le he causado tanto dolor y, como usted habrá de pensar, de un modo tan despiadado y con tan poca consideración. Me he hallado en una situación muy peculiar —prosiguió sonrojándose—. Una mujer no siempre conoce su propio corazón o, si lo conoce, a veces vacila en entregarse a sus impulsos secretos. Lo he extraviado a usted estas últimas semanas, pero yo misma me extravié primero. El verdadero camino por el que debo transitar me fue revelado apenas anoche. No puedo decir más, señor Ensign.

—Tampoco es necesario —respondió él—. Has elegido el mejor camino y al mejor hombre. Que la vida te colme de alegrías, señorita Fairchild.

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