«Las voces me ofrecieron mi único medio de juzgar la edad, el carácter o la posición de los hombres que conversaban, pero tengo buen oído y mi memoria nunca falla. Por el tono lento, entrecortado y ansioso de uno de los hombres, dediqué que era de edad avanzada, falto de dinero y no demasiado escrupuloso; la otra voz era la de un caballero, musical y a la vez firme, y no fácil de olvidar, como ve, señor. Las primeras palabras que oí me despertaron y me convencieron de que valía la pena escuchar. Fueron pronunciadas por el caballero».
—¡Vienes a mí con un asunto tan sucio! ¡Qué derecho tienes a suponer que te prestaría atención ni por un segundo!
—El derecho —replicó el otro—, a saber que en tu vida has tenido reparos en hacer el trabajo sucio.
El biombo crujió ante aquello, como si uno de los dos se hubiera adelantado, pero no oí ninguna respuesta a esta extraña acusación.
—¿Crees —prosiguió la misma voz—, que no sé de dónde salieron los cinco mil dólares que me diste para aquella primera especuración? Lo sabía cuando los acepté, y si no hubiera estado seguro de que la operación saldría bien, nunca habrías sido el hombre que eres hoy. Salieron de fondos que te habían confiado, y no fueron el regalo de un pariente como quisiste hacerme creer.
—¡Santo cielo! —exclamó el otro, tras un silencio que en aquel momento y lugar era de lo más elocuente—, ¡y usted me deja que...!
—Ay, no vamos a entrar en detalles —interrumpió la voz menos culta—. Todo lo que querías era un punto de partida, para convertirte en el hombre exitoso que desde entonces has sido. Nunca me preocupé