Y, hecha su broma, cedió a la aparente inquietud del otro, y se alejaron paseando.
No repararon en una pálida, recatada y diminuta damita sentada cerca de ellos, que asentía distraída con su delicada cabeza a los comentarios de un joven de patillas pálidas a su lado, ni advirtieron la emoción con la que ella se levantó de repente al marcharse ellos y despidió a su parlanchín acompañante con cualquier recado improvisado.
Era tan solo una de las bailarinas del grupo corriente, una muchacha bonita y de sencillo vestido, pero su apellido era Stuyvesant.
Levantándose con una decisión que dio un color muy atractivo a sus mejillas, miró apresuradamente a su alrededor.
Un trío de jóvenes caballeros se encaminó hacia ella, pero no les dio pie alguno; su vista había descubierto la alta figura del señor Sylvester a unos pocos pasos y era con él con quien deseaba hablar.
Pero a su primer movimiento en dirección a él, su mirada tropezó con otro rostro, y como un arroyo que se funde en un torrente impetuoso, su propósito pareció desvanecerse, dejándola temblando con una nueva emoción de un carácter tan vívido que involuntariamente miró a su alrededor en busca de un refugio.
Pero en otro instante sus ojos habían vuelto a buscar el rostro que tanto la había conmovido, y al descubrir que este se inclinaba hacia el suyo, vaciló un poco y dejó caer inconscientemente de su mano los lirios que llevaba. Antes de que se diera cuenta de su pérdida, el rostro que tenía delante se había desvanecido, y con él algo de su vacilación y alarma.
Con un gesto apresurado, se acercó al señor Sylvester.
—¿Me presta su brazo un minuto? —preguntó ella, con su habitual mirada suplicante, redoblada