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nydus/The Sword of DamoclesPublic
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XIV. La señorita Belinda tiene una cuestión que decidir

Él no respondió con el alegre “Sí” que esperaba, y aunque su sonrisa era muy amable, no pude evitar preguntarme qué era aquello que a veces se interponía entre nosotros como un velo».

—¡Oh, tía!, ¡cómo suspira mi corazón a veces por el señor Sylvester! Al verle sentado con el ceño fruncido en medio de tanto como debiera encantarle y animarle, me pregunto si las ventajas de la riqueza compensan toda esta preocupación y esta angustia.

Pero noto que está mucho más alegre ahora que cuando llegué por primera vez. Ona dice que corre el peligro de perder ese aire de melancólica reserva que le hacía parecer tan distinguido, pero creo que podemos prescindir un poco de tan dudosa distinguidez en aras de las sonrisas con las que de vez en cuando nos obsequia.

“Siento como si una mano me hubiera apretado la garganta.

La prima Ona le habló esta mañana al señor Sylvester de un modo que hizo que se me detuviera el corazón mismo. Y, sin embargo, no fue más que un sencillo: «Siga su propio criterio, señor Sylvester».

¡Pero cómo lo dijo! ¿Llevan estas mujeres lánguidas veneno en la lengua? Siempre había creído que tenía un carácter demasiado apacible para sentir ira o demostrarla; pero el salto de una serpiente es tanto más mortífero cuanto más tiempo ha pasado languideciendo en silencio bajo el sol.

¡Oh, perdóneme por hacer una alusión tan espantosa! ¡Pero si la hubiera visto y hubiera oído el suspiro del señor Sylvester al girarse y salir de la habitación!

—El señor Bertram Sylvester ha despertado mi más profundo interés. Su tío me ha contado su historia, la cual, única entre todas las cosas que he escuchado en esta casa, no me siento con la libertad de repetir, y ha despertado en mí extraños pensamientos y emociones muy peculiares.

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