con un eco de su risa sarcástica.
“La señora Smith, por supuesto”.
Echó la cabeza hacia atrás y toda su figura adquirió un aspecto que hizo estremecer al señor Sylvester. —Eso está bien —exclamó—, la señora Smith sin duda. —Luego, bajando repentinamente el rostro hacia el de él—: La señora Smith es buena contigo, ¿verdad?; te deja sentarte junto a su fuego cuando lo tiene, te da cacahuetes para comer y a veces te regala un centavo.
—Sí, sí —gritó el muchacho.
—Ven, entonces —dijo ella—, vamos a casa.
Lo bajó al suelo y le dio su pequeña muleta. Sus modales no eran crueles y, sin embargo, el señor Sylvester tembló al ver que el niño estaba