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nydus/The Sword of DamoclesPublic
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V. El Rubicón

Me esforcé por ayudarla.

“Hay una diferencia demasiado grande entre Bertram Mandeville el pianista, y la hija de Thaddeus Preston”.

Se volvió y me miró con dulzura a los ojos, no hacía falta que hablara.

El remordimiento, la vergüenza, la añoranza brillaron fugaces en su mirada serena.

—No respondas —dije—; comprendo; me alegro de que sean las circunstancias las que se interponen, y no ningún malentendido por tu parte respecto a mis motivos y a mi profunda consideración hacia ti. Las circunstancias se pueden cambiar.

Y satisfecho de haber dejado caer así en la tierra fecunda de aquel tierno pecho la semilla de una esperanza futura, hice una reverencia con toda la deferencia de que fui capaz y me retiré con suavidad.

Pero no a descansar. Con toda la seriedad con la que un hombre se dispone a decidir sobre la trascendental cuestión de la vida o la muerte, me entregué a una noche de reflexión y, sentado en mi solitario apartamento de soltero, debatí conmigo mismo sobre la resolución que había insinuado vagamente en mis palabras de despedida a la señorita Preston.

Que soy músico por naturaleza, mi éxito ante el público parece indicarlo. Que siguiendo el camino que había emprendido alcanzaría cierta eminencia en mi arte, no lo dudo. Pero tío, hay dos clases de artistas en este mundo; los que trabajan porque llevan el espíritu dentro y no pueden callar aunque quisieran, y los que hablan desde el deseo consciente de hacer patente a los demás la belleza que ha despertado su propia admiración. Los primeros no podrían renunciar a su arte por ningún motivo, sin el sacrificio de la vida de su alma; los segundos,

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