—Sí —dijo el otro, levantándose con un movimiento brusco, pero volviéndose a sentar al instante—; no tengo de qué quejarme tal y como va el mundo, solo que... —exclamó con una súbita determinación que confirió a sus facciones una fuerza de la que hasta entonces habían carecido—, usted habla de verse empujado a un determinado rumbo; ¿qué quiere decir con eso?
—Quiero decir —replicó el otro—; obligado por las circunstancias a entrar en un ramo de negocios al cual muchos otros, si no todos los demás, son preferibles.
—Habla usted con dureza, la especulación no cuenta evidentemente con su simpatía, a pesar de los resultados favorables que le ha reportado.
—Pero discúlpeme, por circunstancias se refiere usted a la pobreza, supongo, y a la falta de cualquier otra vía hacia la riqueza y la posición social. ¿No consideraría usted el deseo de hacer una gran fortuna en poco tiempo como una circunstancia de naturaleza suficientemente determinante como para reconciliarle con mi incursión en la especulación de Wall Street?
El caballero de más edad se levantó, no como el otro lo había hecho, con un impulso inquieto que decaía rápidamente a la primera excusa, sino con fuerza y con una impaciencia febril que, en apariencia, guardaba poca proporción con la ocasión.
«¡Una gran fortuna en poco tiempo!», reiteró, deteniéndose donde se había levantado con una mirada de águila hacia su compañero y un tono de voz resonante que denotaba una profunda pero hasta entonces reprimida agitación. «Es la inscripción tentadora sobre el abismo en el que ha caído más de un noble joven; el grito de batalla en una lucha que ha llevado a muchos hombres fuertes por el camino de la ruina; el letrero indicador de una