Avanzando con valentía, el señor Sylvester cruzó la puerta abierta. Un tramo de escalones desvencijados y desnudos salió a su encuentro.
Al subirlas, se halló en un vestíbulo que debía de haber estado mal iluminado en cualquier momento, pero que a aquella hora tan avanzada estaba casi a oscuras. No era muy alentador, pero, continuando su marcha, se detuvo ante una puerta y estuvo a punto de llamar, cuando, acostumbrándose sus ojos a la oscuridad, divisó, de pie al pie de la escalera que conducía al piso superior, la alta y silenciosa figura de una mujer.
No era una aparición común. Como un centinela en su puesto, o un espía en las afueras del campamento enemigo, se hallaba pegada contra la pared, con toda su consumida figura temblando de avidez o de alguna otra pasión secreta; la oscuridad en su frente y la incertidumbre en sus labios. Estaba escuchando, o esperando, o ambas cosas, y ello con una absorción tal que le impedía percatarse de la aproximación de un paso extraño.
Impactado por una presencia tan siniestra en un lugar tan oscuro y desolado, el señor Sylvester retrocedió inconscientemente. Al hacerlo, la mujer se estremeció y alzó la vista, pero no hacia él. Se escuchó el paso vacilante y desigual de un niño cojo cruzando el piso de arriba, y fue hacia este que se giró, y para él compuso todo su cuerpo en una extraña pero malévola calma.
—¡Ah, con que te dejó venir, entonces! —oyó que le exclamaba el señor Sylvester en un tono bajo y ahogado, cuya fingida ligereza no lograba ocultar la naturaleza malévola de su interés.
—Sí —respondió con el tono claro y confiado de la infancia—. Le dije que usted me quería y me daba caramelos, y me dejó venir.
Una risa rápida y pronto sofocada perturbó la penumbra circundante.