buena noche, las influencias más profundas de este tiempo sagrado se hicieron sentir, y fue con un aire de suave seriedad como él le dijo que había sido para él una feliz Nochebuena.
—Y para mí —replicó Paula—. Bertram también parecía muy feliz. ¿Sería demasiado indiscreta si preguntara qué buenas noticias contenía la pequeña nota como para obrar tales maravillas?
Una sonrisa como las que rara vez se veían últimamente en el rostro del señor Sylvester iluminó este con un destello brillante.
“Era tan solo una invitación a cenar —dijo él—, pero venía del señor Stuyvesant, y eso para Bertram significa muchísimo”.
La sorpresa en los ojos de Paula hizo que él volviera a sonreír.
“¿Será para usted una gran conmoción si le digo que el nombre de la mujer por quien Bertram hizo el sacrificio de su arte era Cicely Stuyvesant?”
“¿Cicely? ¿Mi Cicely?” Su asombro era grande, pero también era feliz.
“Oh, nunca lo habría soñado—ah, ahora lo comprendo—continuó ella con ingenuidad—. Esa es la razón por la que se abstuvo de venir a esta casa; temía encontrarse con él. ¡Pero pensar que jamás lo habría adivinado, y siendo ella mi mejor amiga! Oh, soy muy feliz; admiro tanto a Bertram, y es un secreto tan hermoso. ¡Y el señor Stuyvesant lo ha invitado a su casa! No me extraña que tuvieras ganas de hacer de la noche una de gala. El señor Stuyvesant no haría eso si no estuviera aprendiendo a apreciar a Bertram”.
—No; hay un método en todo lo que hace el señor Stuyvesant. Más aún, si no me equivoco, él ha conocido este hermoso secreto, como usted lo llama, desde el principio, y sería el último en recibir a Bertram como invitado en su mesa, si no le deparara el mejor y más sincero aliento.