falsos globos oculares, Y el asesino se desplomó ante ella, como un árbol ante la ráfaga. “¡Ahora vosotros, esbirros de un traidor, si buscáis venganza, venid!”, Y su voz fue como una trompeta al tocar a triunfo en la victoria. Mas un grito desde muy abajo se elevó como un trueno: “¡No! ¡Dejad que se den la vuelta y enfrenten al esposo si ansían la pelea!”. ¡Oh, el alarido que subió al cielo cuando esa voz barrió la escalera, Y la cruenta matanza que sobrevino un instante después! Del menor al mayor, del sirviente al señor, Ni un solo hombre en toda esa escalera vivió para volver a vainar su espada. Arriba esa frente envuelta en llamas, abajo esa hoja de fuego— Fue el encuentro de dos tempestades en su potencia y su ira. Antes de que la luna pudiera vacilar hacia adentro con su piedad y su dolor, Beaufort vio el camino ante él libre de enemigos. Vio su camino despejado y subió y cruzó el suelo, Hasta el mismo umbral de la puerta de su amada dama; Y ya en su imaginación vislumbraba el rayo dorado De los rizos de ella sobre su hombro y el feliz destello de sus dulces ojos: Cuando he aquí que una figura surge de las sombras a su lado, Que con la espada desnuda y en alto le barra el paso hacia su novia; Era Enguerrand el indomable, mas con los ojos desorbitados y el cabello Soplando salvaje en torno a una frente pálida como la nieve al brillo de la luna. “Ah, mi amo, la hemos retenido, la hemos custodiado”, dijo, “Ni una sombra de deshonra ha rozado siquiera su
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XXIII. El Poema
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