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“Paciencia y a barajar.”
Si hubiera esperado algo de la presencia en el carruaje de la mujer que había concertado esta cita, estaba condenado a la decepción.
Reticente antes, ahora guardaba absoluto silencio, sentada a mi lado como una estatua sombría o una imagen congelada de vigilancia, lista para despertar y detenerme si yo amagaba con abrir la puerta o hacer cualquier otro movimiento que denotara la determinación de saber dónde estaba o en qué dirección me dirigía.
No dudo de que su joven ama, en la breve conversación que habían mantenido antes de nuestra partida, había logrado darle cierta idea de la vergüenza con la que se sentía abrumada y de su actual y natural deseo de secreto, pero creo ahora, como lo creí entonces, que las insólitas precauciones tomadas tanto en ese momento como antes, para mantenerme en la ignorancia sobre la identidad de la joven, se debían a la conciencia que la anciana tenía del peligro al que se había expuesto al ceder a los deseos de su joven e irreflexiva ama; una teoría que, de ser cierta, habla más en favor de la inteligencia que de la conciencia de esta misteriosa mujer.
Sin embargo, tenemos que habérnoslas con los hechos, y a usted le interesará más saber lo que hice que lo que pensé durante aquel corto trayecto en la más absoluta oscuridad.
La marca que había dejado en el bordillo a mis espaldas mostraba suficientemente la naturaleza de mi decisión, y cuando dimos la primera vuelta al final de la manzana, me recliné en mi asiento y, poniendo el dedo sobre mi muñeca, comencé a contar las pulsaciones de mi sangre.