Una voz grave respondió: «¡Hola!».
“Le he traído a alguien para que le vea”.
“Bajo en un minuto”.
El pasillo estaba bloqueado por un ropero, que los mudanceros no habían conseguido subir por la escalera. El señor Beebe lo bordeó con dificultad. La salita estaba atestada de libros.
—¿Son estos lectores formidables? —susurró Freddy—. ¿Son de esa clase?
“Supongo que saben leer —un logro poco común. ¿Qué tienen ahí? Byron. Exactamente. A Shropshire Lad.[] Jamás he oído hablar de él. The Way of All Flesh.[] Jamás he oído hablar de él. Gibbon. ¡Vaya! El querido George lee alemán. Mjum... mjum... Schopenhauer, Nietzsche, y así seguimos. Bueno, supongo que su generación sabe lo que se hace, Honeychurch”.
—Mister Beebe, mire eso —dijo Freddy con tono de asombro.
En la cornisa del armario, la mano de un aficionado había pintado esta inscripción:
«Desconfiad de todas las empresas que requieran ropa nueva».
“Lo sé. ¿A que es divertido? Me gusta. Estoy seguro de que ha sido cosa del viejo”.
—¡Qué cosa más rara por su parte!
—¿Seguro que estás de acuerdo?
Pero Freddy era hijo de su madre y sentía que no se debía seguir estropeando los muebles.