Ahora bien, esto era abominablemente impertinente, y ella debería haberse puesto furiosa. Pero a veces es tan difícil perder los estribos como a veces resulta difícil conservarlos.
Lucy no pudo enojarse. El señor Emerson era un anciano, y seguramente una muchacha podía seguirle la corriente. Por otra parte, su hijo era un joven, y sentía que una muchacha debía ofenderse con él, o en todo caso ofenderse en su presencia.
Fue a él a quien miró fijamente antes de responder.
—No soy quisquillosa, eso espero. Son los Giottos los que quiero ver, si fuera tan amable de decirme cuáles son.
El hijo asintió. Con una expresión de sombría satisfacción, abrió el marchamo hacia la capilla Peruzzi. Había en él cierto deje de maestro. Ella se sintió como una niña en la escuela que había respondido acertadamente a una pregunta.
La capilla ya estaba llena de una congregación fervorosa, y de entre ella se elevaba la voz de un conferenciante, que les enseñaba cómo adorar a Giotto, no mediante valoraciones