Entonces el pernicioso encanto de Italia obró en ella y, en vez de adquirir conocimientos, empezó a ser feliz. Descifraba con esfuerzo los avisos italianos: los avisos que prohibían introducir perros en la iglesia; el aviso que rogaba a la gente, por motivos de salud y por respeto al sagrado edificio en el que se encontraba, que no escupiera. Observaba a los turistas; tenían las narices tan rojas como sus Baedekers, de tanto frío como hacía en Santa Croce. Presenció el horrible destino que alcanzó a tres papistas —dos varoncitos y una hembrita— que comenzaron su andadura rociándose mutuamente con agua bendita, para luego avanzar hacia el monumento a Maquiavelos, chorreantes pero santificados. Acercándose a él muy despacio y desde inmensas distancias, tocaron la piedra con los dedos, con los pañuelos, con la cabeza, y luego se retiraron. ¿Qué podía significar aquello? Lo hicieron una y otra
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En Santa Croce sin Baedeker
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