sutiles, sino con las normas del espíritu.
“Recuerden —iba diciendo—, los datos sobre esta iglesia de la Santa Croce; cómo fue edificada por la fe en pleno fervor del medioevo, antes de que apareciera la menor mancha del Renacimiento. Observen cómo Giotto en estos frescos —hoy, por desgracia, arruinados por la restauración— no se ve turbado por las trampas de la anatomía y la perspectiva. ¿Podría haber algo más majestuoso, más patético, hermoso, verdadero? ¡Cuán poco, sentimos, sirven el conocimiento y la destreza técnica frente a un hombre que siente de verdad!”.
—¡No! —exclamó el señor Emerson, con un tono de voz demasiado alto para estar en la iglesia—. ¡No recuerdes nada por el estilo! ¡Construido por la fe, y un rábano! Eso simplemente significa que a los obreros no les pagaron como debían. Y en cuanto a los frescos, no les veo ninguna verdad. ¡Mira a ese hombre regordete de azul! Debe de pesar tanto como yo, y sale disparado hacia el cielo como un globo aerostático.