yo iremos detrás. Un coche de un caballo nos bastaría. ¡Sin embargo, qué difícil
—Así es —respondió la joven, con una gravedad que sonaba comprensiva.
—¿Qué le parece? —preguntó la señorita Bartlett, arrebatada por la lucha y abrochándose el vestido.
“No sé lo que pienso, ni lo que quiero”.
—¡Oh, Dios, Lucy! De verdad espero que Florencia no te esté aburriendo. Di una sola palabra y, como sabes, te llevaría hasta los confines de la tierra mañana mismo.
—Gracias, Charlotte —dijo Lucy, y meditó sobre la oferta.
Había cartas para ella en la cómoda: una de su hermano, llena de atletismo y biología; otra de su madre, encantadora como solo las cartas de su madre podían serlo. Había leído en ella acerca de los crocos que se habían comprado como amarillos y estaban saliendo de un tono púrpura rojizo, de la nueva criada, que había regado los helechos con esencia de limonada, de las casas adosadas que estaban arruinando Summer Street y rompiendo el corazón de Sir Harry Otway. Recordaba la vida libre y agradable de su hogar, donde se le permitía hacer de todo y donde nunca le ocurría nada. El camino que ascendía por los pinares, el pulcro salón, la vista sobre el Weald de Sussex: todo se vislumbraba ante ella brillante y nítido, pero patético como los cuadros de una galería a la que, tras mucha experiencia, regresa un viajero.
—¿Y las noticias? —preguntó la señorita Bartlett.
—La señora Vyse y su hijo se han ido a Roma —dijo Lucy, dando la noticia que menos le interesaba—. ¿Conoce a los Vyse?