Lucy, elegantemente vestida de blanco, se sentaba recta y nerviosa en medio de estos ingredientes explosivos, atenta al señor Eager, represiva con la señorita Lavish, vigilante con el viejo señor Emerson, hasta el momento afortunadamente dormido, gracias a un almuerzo copioso y a la atmósfera soporífera de la primavera.
Consideraba la expedición como obra del Destino. De no ser por ella, habría evitado con éxito a George Emerson.
De manera abierta él había demostrado que deseaba continuar su intimidad. Ella se había negado, no porque le desagradara, sino porque no sabía lo que había sucedido, y sospechaba que él sí lo sabía. Y esto la asustaba.
Porque el acontecimiento real —fuera el que fuese— había tenido lugar, no en la Loggia, sino junto al río.
Comportarse de manera desatada ante la visión de la muerte es disculpable. Pero comentarla después, pasar de la conversación al silencio, y del silencio a la simpatía, eso es un error, no de una emoción sobresaltada, sino de toda la estructura.
Había verdaderamente algo censurable (pensaba) en la contemplación conjunta de aquel arroyo sombrío, en el impulso común que los había hecho volverse hacia la casa sin mediar una mirada ni una palabra.
Esta sensación de maldad había sido leve al principio. Por poco se une al grupo que iba a la Torre del Gallo. Pero cada vez que evitaba a George, se hacía más imperativo que volviera a evitarlo. Y ahora la ironía celestial, obrando a través de su prima y de dos clérigos, no le permitía abandonar Florencia sin haber realizado esta excursión con él por las colinas.
Mientras tanto, el señor Eager la entretenía en una conversación cortés; su pequeño roce había terminado.