- El hombro de Athos, el tahalí de Porthos y el pañuelo de Aramis
D’Artagnan, furioso, atravesó la antecámara de tres saltos y se precipitó hacia la escalera, que contaba con bajar de cuatro en cuatro, cuando, en su alocada carrera, chocó de frente contra un mosquetero que salía de uno de los gabinetes particulares del señor de Tréville y, golpeándole el hombro con violencia, le arrancó un grito, o más bien un aullido.
—Perdone usted —dijo d’Artagnan, esforzándose por reanudar su marcha—, perdone usted, pero tengo prisa.
Apenas había descendido el primer peldaño, cuando una mano de hierro lo agarró por el cinturón y lo detuvo.
—¿Tiene usted prisa? —dijo el mosquetero, pálido como una sábana.
—¡Con ese pretexto choca usted conmigo! Dice usted: «Perdón», ¿y cree que con eso basta? De eso nada, jovencito. ¿Se figura usted que, porque ha oído hoy al señor de Tréville hablarnos con cierta altanería, los demás nos van a tratar como él nos trata? Quítese esa idea de la cabeza, camarada, usted no es el señor de Tréville.
“¡Voto va! —respondió d'Artagnan al reconocer a Athos, quien, después de las curas hechas por el doctor, regresaba a su aposento—. No