—¡Pero si le estoy hablando a usted! —replicó el joven, exasperado además por aquella mezcla de insolencia y buenos modales, de cortesía y desprecio.
El desconocido lo miró de nuevo con una ligera sonrisa y, retirándose de la ventana, salió de la hostería con paso lento, y se colocó delante del caballo, a dos pasos de d’Artagnan.
Su aire tranquilo y la expresión irónica de su rostro redoblaron la risa de las personas con las que había estado hablando, y que aún permanecían en la ventana.
D’Artagnan, al verle acercarse, sacó la espada un pie de la vaina.
—Este caballo es decididamente, o más bien lo ha sido en su juventud, un botón de oro —reanudó el desconocido, continuando las observaciones que había comenzado y dirigiéndose a sus interlocutores de la ventana, sin prestar la menor atención a la exasperación de d'Artagnan, el cual, sin embargo, se había colocado entre aquel y ellos—. Es un color muy conocido en la botánica, pero hasta el presente muy raro entre los caballos.
—Hay gente que se ríe del caballo porque no se atrevería a reírse del amo —exclamó el joven émulo del furioso Tréville.
—No suelo reír, señor —replicó el desconocido—, como podrán advertir por la expresión de mi rostro; pero aun así conservo el privilegio de reír cuando me plazca.
—¡Y yo —exclamó d'Artagnan— no permitiré que nadie se ría cuando me desagrade!