—Vuestra Eminencia juzgará:
- el baile de Madame la Condestable;
- la noche en el Louvre;
- la velada en Amiens;
- la detención de Montague;
- la carta de Madame de Chevreuse.
—Eso es —dijo el cardenal—, eso es. Tiene usted una memoria excelente, Milady.
—Pero —prosiguió aquella a quien el cardenal dirigía este halagüeño cumplimento—, ¿si a pesar de todas estas razones el duque no cede y continúa amenazando a Francia?
—El duque está enamorado hasta la locura, o más bien hasta la estupidez —respondió Richelieu con gran amargura—. Como los antiguos paladines, solo ha emprendido esta guerra para obtener una mirada de su amada. Si llega a tener la certeza de que esta guerra le costará