una llave en una cerradura, abrió una puerta y empujó al duque hacia una estancia iluminada únicamente por una lámpara, diciéndole: «Quedaos aquí, señor duque; alguien vendrá». Luego salió por la misma puerta, que cerró con llave, de modo que el duque se encontró literalmente prisionero.
No obstante, por aislado que estuviera, debemos decir que el duque de Buckingham no experimentó un solo instante de miedo.
Uno de los rasgos más sobresalientes de su carácter era la búsqueda de aventuras y su amor por el romance. Valiente, temerario y emprendedor, no era la primera vez que arriesgaba su vida en empresas semejantes.
Se había enterado de que el pretendido mensaje de Ana de Austria, confiando en el cual había venido a París, era una trampa; pero en vez de regresar a Inglaterra, abusando de la situación en que se hallaba, le había declarado a la reina que no se marcharía sin verla.
La reina se había negado rotundamente al principio; pero al fin temió que el duque, de verse exasperado, cometiera alguna locura. Ya se había decidido a verlo y a instarle a que partiese de inmediato, cuando, la misma noche en que tomó tal determinación, madame Bonacieux, a quien se le había encomendado ir a buscar al duque y conducirlo al Louvre, fue secuestrada.
Durante dos días nadie supo qué había sido de ella, y todo quedó en suspenso; pero una vez libre, y puesta en comunicación con Laporte, las cosas retomaron su curso y ella llevó a cabo la peligrosa empresa que, de no haber mediado su arresto, se habría ejecutado tres días antes.
Buckingham, a solas, caminó hacia un espejo. Su uniforme de mosquetero le sentaba maravillosamente.
A los treinta y cinco años, que era entonces su edad, pasaba, con justo título, por el caballero más hermoso y el más elegante de Francia o de