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nydus/The Three MusketeersPublic
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XLIX. Fatalidad

Ella permitió que el buque pasara Lorient y Brest sin repetir su petición al capitán, quien, por su parte, se cuidó mucho de recordársela. Milady continuó, por tanto, su viaje, y el mismo día en que Planchet se embarcaba en Portsmouth rumbo a Francia, el emisario de su Eminencia hacía su entrada triunfal en el puerto.

Toda la ciudad estaba agitada por un movimiento extraordinario. Cuatro grandes buques, recientemente construidos, acababan de ser botados.

Al extremo del espigón, con las ropas ricamente galoneadas de oro, brillando, como era su costumbre, con diamantes y piedras preciosas, el sombrero adornado con una pluma blanca que le caía sobre el hombro, se veía a Buckingham rodeado de un estado mayor casi tan brillante como él.

Era uno de esos raros y hermosos días de invierno en que Inglaterra recuerda que hay un sol. El astro del día, pálido pero no obstante espléndido aún, se ponía en el horizonte, glorificando a la vez el cielo y el mar con bandas de fuego, y arrojando sobre las torres y las viejas casas de la ciudad un último rayo de oro que hacía centellar las ventanas como el reflejo de un incendio. Respirando aquella brisa marina, tanto más vigorizante y balsámica cuanto más se acercaba a tierra, contemplando todo el poder de aquellos preparativos que tenía el encargo de destruir, todo el poder de aquel ejército al que iba a combatir sola —ella, una mujer con unas pocas bolsas de oro—, Milady se comparaba mentalmente con Judit, la terrible judía, cuando penetró en el campamento de los asirios y contempló la inmensa masa de carros, caballos, hombres y armas, que un gesto de su mano iba a disipar como una nube de humo.

Entraron en la rada; pero al aproximarse para echar el ancla, un pequeño cúter, que parecía un guardacostas formidablemente armado, se

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