—A propósito —reanudó de Winter, deteniéndose en el umbral de la puerta—, no debéis, Milady, dejar que este cheque os quite el apetito. Probad esa ave y ese pescado. Os doy mi palabra de que no están envenenados. Tengo un cocinero excelente y no ha de ser mi heredero; tengo en él total y perfecta confianza. Haced como yo. ¡Adiós, querida hermana, hasta vuestro próximo desmayo!
Esto era todo lo que Milady podía soportar.
Sus manos aferraron su sillón; apretó los dientes por dentro; sus ojos siguieron el movimiento de la puerta al cerrarse tras lord de Winter y Felton, y en cuanto se vio sola la asaltó un nuevo ataque de desesperación.
Dirigió los ojos hacia la mesa, vio el brillo de un cuchillo, corrió hacia él y lo empuñó; pero su desilusión fue cruel. La hoja era redonda y de plata flexible.
Una carcajada resonó desde el otro lado de la puerta mal cerrada,