hora el reloj de M. de Tréville—, pero creí que, como aún eran las nueve y veinticinco, no era demasiado tarde para presentarme ante usted.
—¡Las nueve y veinticinco! —exclamó el señor de Tréville, mirando el reloj—; ¡pero si eso es imposible!
—Mire usted mejor, monsieur —dijo d'Artagnan—, el reloj lo indica.
—Es verdad —dijo el señor de Tréville—; lo creí más tarde. Pero ¿qué puedo hacer por usted?
Luego d’Artagnan le contó a M. de Tréville una larga historia acerca de la reina. Le expresó los temores que abrigaba respecto a Su Majestad; le relató lo que había oído sobre los proyectos del cardenal con respecto a Buckingham, y todo con una tranquilidad y una franqueza de las cuales M. de Tréville fue tanto más víctima cuanto que él mismo, como ya hemos dicho, había observado algo nuevo entre el cardenal, el rey y la reina.
Al dar las diez, d’Artagnan salió de casa de M. de Tréville, quien le agradeció la información, le recomendó que tuviera siempre muy presentes el servicio del rey y el de la reina, y volvió al salón; pero al pie de la escalera, d’Artagnan se acordó de que había olvidado su bastón.
En consecuencia, volvió a subir corriendo, reentró en el despacho, con un movimiento de su dedo arregló de nuevo el reloj para que al día siguiente no se notara que lo habían adelantado, y seguro desde aquel momento de que tenía un testigo para probar su coartada, bajó corriendo las escaleras y pronto se encontró en la calle.