—¡Guarda esa arma, d’Artagnan!, dijo; a esta mujer hay que juzgarla, no asesinarla. Aguarda un instante, amigo mío, y quedarás satisfecho. Pasad, caballeros.
D’Artagnan obedeció; pues Athos tenía la voz solemne y el gesto poderoso de un juez enviado por el Señor mismo. Detrás de d’Artagnan entraron Porthos, Aramis, lord de Winter y el hombre de la capa roja.
Los cuatro esbirros custodiaban la puerta y la ventana.
Milady se habíahundido en un sillón, con las manos extendidas, como para conjurar aquella terrible aparición. Al ver a su cuñado, lanzó un grito espantoso.
—¿Qué queréis? —gritó Milady.
—Queremos —dijo Athos— a Charlotte Backson, que primero se llamó condessa de la Fère, y después milady de Winter, baronesa de Sheffield.
—¡Soy yo! ¡Soy yo! —murmuró Milady con extremo terror—; ¿qué queréis?
—Deseamos juzgaros según vuestro crimen —dijo Athos—; tendréis la libertad de defenderos. Justificaos si podéis. M. d’Artagnan, a vos os toca acusarla primero.
D’Artagnan avodef.
—Ante Dios y ante los hombres —dijo—, acuso a esta mujer de haber envenenado a Constanza Bonacieux, que falleció ayer por la tarde.
Se volvió hacia Porthos y Aramis.
—Damos fe de esto —dijeron los dos mosqueteros a una sola voz.