Mientras tanto, iba a intentar dar con Milady. Milady le había hablado al hombre con capa negra; por lo tanto, lo conocía. Ahora bien, en opinión de d’Artagnan, era sin duda el hombre con capa negra quien había raptado a madame Bonacieux por segunda vez, como la había raptado la primera. D’Artagnan, pues, solo mentía a medias, lo cual es mentir muy poco, cuando decía que al ir en busca de Milady iba al mismo tiempo en busca de Constance.
Pensando en todo esto, y de vez en cuando dándole un toque de espuelas a su caballo, d’Artagnan terminó su breve viaje y llegó a Saint-Germain.
Acababa de pasar junto al pabellón en el que diez años más tarde nació Luis XIV.
Cabalgaba por una calle muy tranquila, mirando a derecha e izquierda por si lograba divisar algún rastro de su hermosa inglesa, cuando desde la planta baja de una bonita casa, que, según la moda de la época, no tenía ventanas hacia la calle, vio asomarse un rostro que creyó conocer.
Esta persona paseaba por la terraza, adornada con flores. Planchet fue el primero en reconocerlo.
—¡Eh, monsieur! —dijo, dirigiéndose a d’Artagnan—, ¿no recuerda aquel rostro que parpadea ahí lejos?
—No —dijo d’Artagnan—, y sin embargo estoy seguro de que no es la primera vez que veo ese rostro.