sentimiento semejante a la ferocidad animaba su semblante. Se mordía el pañuelo con sus hermosos dientes.
En ese momento entró la bonita y pequeña soubrette a quien d'Artagnan ya había observado. Le dijo unas palabras en inglés a lord de Winter, quien en seguida le pidió permiso a d'Artagnan para retirarse, disculpándose por la urgencia del asunto que lo reclamaba y encargando a su hermana que le consiguiera el perdón.
D’Artagnan intercambió un apretón de manos con lord de Winter y luego regresó junto a Milady. Su rostro, con una movilidad sorprendente, había recuperado su expresión amable; pero algunas pequeñas manchas rojas en su pañuelo indicaban que se había mordido los labios hasta hacerse sangre. Aquellos labios eran magníficos; se diría que eran de coral.
La conversación tomó un giro alegre. Milady parecía haberse recuperado por completo. Le contó a d’Artagnan que lord de Winter era su cuñado, y no su hermano. Se había casado con un hermano menor de la familia, quien la había dejado viuda con un hijo. Este hijo era el único heredero de lord de Winter, en caso de que lord de Winter no se casara. Todo esto le demostró a d’Artagnan que había un velo que ocultaba algo; pero aún no podía ver bajo ese velo.
Además de esto, al cabo de media hora de conversación, d’Artagnan estaba convencido de que Milady era su compatriota; hablaba francés con una elegancia y una pureza que no dejaban ninguna duda al respecto.
D’Artagnan se deshizo en cumplidos galantes y protestas de devoción.
A todas las cosas sencillas que se le escapaban a nuestro gascón, Milady respondió con una sonrisa de bondad.
Llegó la hora de retirarse. D’Artagnan se despidió de Milady y salió del salón siendo el más feliz de los hombres.