poco, e inocente de una falta a la que temía en gran manera, estaba dispuesto a reconciliarse con ella—, ya veremos, pero, a fe mía, usted es demasiado indulgente con ella.
—Sire —dijo el cardenal—, dejad la severidad a vuestros ministros. La clemencia es una virtud real; empleadla y veréis que sacaréis provecho de ello.
En eso el cardenal, al oír dar las once en el reloj, hizo una profunda reverencia, pidiendo permiso al rey para retirarse, y suplicándole que llegara a un buen entendimiento con la reina.
Ana de Austria, que, como consecuencia de la incautación de su carta, esperaba reproches, se quedó muy asombrada al día siguiente al ver que el rey hacía algunos intentos de reconciliación con ella.
Su primer impulso fue de rechazo. Su orgullo de mujer y su dignidad de reina habían sido tan cruelmente ofendidos que no pudo ceder a la primera de cambio; pero, persuadida por los consejos de sus mujeres, acabó por dar la impresión de empezar a olvidar.
El rey aprovechó este momento favorable para decirle que tenía la intención de ofrecer próximamente una fiesta.
Una fiesta era algo tan raro para la pobre Ana de Austria que, ante este anuncio, tal como el cardenal había pronosticado, el último rastro de su resentimiento desapareció, si no de su corazón, al menos de su semblante. Preguntó qué día tendría lugar dicha fiesta, pero el rey respondió que debía consultar al cardenal sobre ese particular.
En verdad, todos los días el rey le preguntaba al cardenal cuándo debía tener lugar dicha fiesta; y todos los días el cardenal, con cualquier pretexto, aplazaba la fecha. Diez días pasaron así.
Al octavo día de la escena que hemos descrito, el cardenal recibió una carta con sello de Londres que solo contenía estas líneas: