molestar a su amo en su piadosa conferencia, la cual había comenzado por la mañana y no terminaría, según Bazin, antes de la noche.
Pero d’Artagnan prestó muy poca atención al elocuente discurso de M. Bazin; y como no tenía deseo alguno de entablar una discusión polémico-literaria con el criado de su amigo, se limitó a hacerlo a un lado con una mano y, con la otra, giró el picaporte de la puerta del número cinco. La puerta se abrió y d’Artagnan entró en la habitación.
Aramis, con una sotana negra y la cabeza envuelta en una especie de gorro redondo y plano, muy parecido a un solideo, estaba sentado ante una mesa alargada, cubierta de rollos de papel y enormes volúmenes en folio.
A su derecha estaba situado el superior de los jesuitas, y a su izquierda, el cura de Montdidier.
Las cortinas estaban medio corrías y solo dejaban entrar la luz misteriosa propia de los arrebatos beatíficos. Todos los objetos mundanos que por lo general llaman la atención al entrar en la habitación de un joven, en particular cuando ese joven es un mosquetero, habían desaparecido como por encanto; y por temor, sin duda, a que la vista de ellos pudiera devolver a su amo a las ideas de este mundo, Bazin le había echado mano a la espada, a las pistolas, al sombrero de plumas, y a los bordados y encajes de toda especie y condición.
En su lugar, d'Artagnan creyó percibir en un rincón oscuro una cuerda de disciplina colgada de un clavo en la pared.
Al ruido que hizo d’Artagnan al entrar, Aramis levantó la cabeza y vio a su amigo; pero, para gran asombro del joven, la vista de este no produjo gran efecto en el mosquetero, tan completamente absorto estaba su espíritu de las cosas de este mundo.