apoyaban siempre, que jamás cedían, que ejecutaban solos o juntos las resoluciones tomadas en común; cuatro brazos que amenazaban los cuatro puntos cardinales o convergían hacia un solo punto— debían inevitablemente, ya fuera por galerías subterráneas, a plena luz del día, haciendo minas, en las trincheras, con astucia o por la fuerza, abrirse un camino hacia el objetivo que deseaban alcanzar, por bien defendido que estuviera o por lejano que pareciera. De lo único que se asombraba d’Artagnan era de que sus amigos jamás hubieran pensado en esto.
Él estaba pensando para sus adentros, y hasta devanándose seriamente los sesos para encontrar una dirección a esta fuerza única multiplicada por cuatro, con la cual no dudaba, al igual que con la palanca que buscaba Arquímedes, que lograrían mover el mundo, cuando alguien llamó suavemente a su puerta. D’Artagnan despertó a Planchet y le ordenó que abriera.
De esta frase: «d’Artagnan despertó a Planchet», no debe suponer el lector que era de