El secreto de Milady
D’Artagnan salió del hotel en lugar de subir inmediatamente a la habitación de Kitty, como ella procuraba persuadirle de que hiciera; y ello por dos razones: la primera, porque por este medio evitaría reproches, recriminaciones y súplicas; la segunda, porque no le desagradaba tener la oportunidad de ordenar sus propios pensamientos y tratar de sondear, si fuera posible, los de aquella mujer.
Lo que quedaba más claro en el asunto era que d’Artagnan amaba a Milady como un loco, y que ella no lo amaba en absoluto.
En un instante d’Artagnan percibió que la mejor manera de actuar sería irse a casa y escribirle a Milady una larga carta, en la que le confesaría que él y de Wardes eran, hasta el momento presente, absolutamente la misma persona, y que por consiguiente no podía comprometerse, sin cometer un suicidio, a matar al conde de Wardes.
Pero también se sentía impulsado por un deseo feroz de venganza. Deseaba someter a esta mujer en su propio nombre; y como esta venganza le parecía que tenía cierta dulzura, no lograba decidirse a renunciar a ella.
Dio seis o siete vueltas alrededor de la Place Royale, deteniéndose a cada diez pasos para mirar la luz del apartamento de Milady, que se dejaba ver a través de las persianas.
Era evidente que esta vez la joven no tenía tanta prisa por retirarse a su apartamento como la primera.