“Eso, querido amigo, se debe a que nadie es más digno que tú mismo”.
Tomó una pluma, escribió el nombre de d’Artagnan en la cédula y se la devolvió.
—Entonces ya no tendré más amigos —dijo el joven—. ¡Ay! Nada más que amargos recuerdos.
Y dejó caer la cabeza entre las manos, mientras dos grandes lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Sois joven —respondió Athos—; y vuestros amargos recuerdos aún tienen tiempo de convertirse en dulces remembranzas.