D’Artagnan volvió al día siguiente y al otro, y cada día Milady le dio una acogida más graciosa.
Todas las tardes, ya fuera en la antecámara, en el pasillo o en la escalera, se encontraba con la bonita doncella. Pero, como ya hemos dicho, d’Artagnan no prestaba atención a la insistencia de la pobre Kitty.