Codal
nydus/The Three MusketeersPublic
Página 249 de 998
Table of Contents

XV. Hombres de toga y hombres de espada

Una de las grandes causas de este prejuicio era la amistad de Ana de Austria con la señora de Chevreuse. Estas dos mujeres le causaban más inquietud que la guerra con España, el pleito con Inglaterra o los apuros de las finanzas. A sus ojos y según su convencimiento, la señora de Chevreuse no solo servía a la reina en sus intrigas políticas, sino, lo que le atormentaba aún más, en sus intrigas amorosas.

A la primera palabra que pronunció el cardenal sobre Madame de Chevreuse —quien, a pesar de estar exiliada en Tours y de creerse que se hallaba en dicha ciudad, había venido a París, permanecido allí cinco días y burlado a la policía—, el rey montó en cólera. Caprichoso e infiel, el rey deseaba ser llamado Luis el Justo y Luis el Casto. A la posteridad le resultará difícil comprender este personaje, al que la historia explica únicamente mediante los hechos y jamás por la razón.

Pero cuando el cardenal añadió que no solo la señora de Chevreuse había estado en París, sino que además la reina había reanudado con ella una de esas correspondencias misteriosas que por entonces se llamaban intriga; cuando afirmó que él, el cardenal, estaba a punto de desenredar el hilo más estrechamente torcido de esta intriga; que en el momento de arrestar en flagrante delito, con todas las pruebas encima, al emisario de la reina ante la duquesa exiliada, un mosquetero había tenido la osadía de interrumpir violentamente el curso de la justicia, arrojándose espada en mano sobre los hombres de ley, honestos y encargados de investigar imparcialmente todo el asunto para ponerlo ante los ojos del rey⁠—Luis XIII no pudo contenerse, y dio un paso hacia el aposento de la reina con aquella pálida y silenciosa indignación que, cuando estallaba, llevaba a este príncipe a cometer la más despiadada crueldad. Y, sin embargo, en todo esto, el cardenal todavía no había dicho una sola palabra sobre el duque de Buckingham.

249