—¡Vaya! Me parece que haces bromas pesadas, querido mío —dijo Porthos.
—No bromeo —dijo Athos.
—¿Sabéis —dijo Porthos— que torcerle el pescuezo a esa maldita Milady sería un pecado menor que torcer el de estos pobres diablos de hugonotes, que no han cometido más crimen que cantar en francés los salmos que nosotros cantamos en latín?
—¿Qué dice el abate? —preguntó Athos con tranquilidad.
—Digo que soy enteramente de la opinión de Porthos —respondió Aramis.
—Y yo también —dijo d’Artagnan.
—Afortunadamente, está lejos —dijo Porthos—, pues confieso que me preocuparía si estuviera aquí.
—Me preocupa tanto en Inglaterra como en Francia —dijo Athos.
—Me preocupa en todas partes —dijo d’Artagnan.
—Pero cuando la tuviste en tu poder, ¿por qué no la ahogaste, la estrangulaste, la ahorcaste? —dijo Porthos—. Solo los muertos no regresan.
—¿Te parece, Porthos? —respondió el mosquetero con una triste sonrisa que solo d’Artagnan comprendió.
—Tengo una idea —dijo d’Artagnan.
—¿Qué es? —dijeron los mosqueteros.
«¡A las armas!», gritó Grimaud.