Con estas palabras, el barón salió. Milady había escuchado toda aquella amenazadora perorata con una sonrisa de desdén en los labios, pero con la rabia en el corazón.
Se sirvió la cena. Milady sintió que necesitaba todas sus fuerzas. No sabía lo que podía ocurrir durante aquella noche que se acercaba de un modo tan amenazador, pues grandes masas de nubes cubrían la faz del cielo y unos lejanos relámpagos anunciaban una tormenta.
La tormenta estalló hacia las diez.
Milady sintió un consuelo al ver que la naturaleza participaba del desorden de su corazón. El trueno rugía en el aire como la pasión y la cólera en sus pensamientos.
Le parecía que el viento, al azotarla, despeinaba su frente al doblar las ramas de los árboles y arrancar sus hojas. Aullaba como aullaba el huracán, y su voz se perdía en la gran voz de la naturaleza, que parecía gemir también de desesperación.
De pronto oyó que llamaban a su ventana y, a la luz de un relámpago, vio el rostro de un hombre que aparecía tras los barrotes.
Corrió hacia la ventana y la abrió.
—¡Felton! —exclamó ella—. Estoy salvada.
—Sí —dijo Felton—; ¡pero silencio, silencio! Debo tener tiempo para limar estos barrotes. Tan solo procura que no me vean a través de la ventanilla.
—Oh, es una prueba de que el Señor está de nuestra parte, Felton —respondió Milady—. Han cerrado la reja con una tabla.
—Bien está; Dios los ha vuelto insensatos —dijo Felton.