mosqueteros que se habían quedado atrás se adelantaban con el sombrero en la mano.
—Os conozco, caballeros —dijo el cardenal—, os conozco. Sé que no sois muy amigos míos, y siento que no lo seáis; pero sé que sois caballeros valientes y leales, y que se puede tener confianza en vos. M. Athos, hacedme, pues, el honor de acompañarme; vos y vuestros dos amigos, y así tendré una escolta capaz de despertar la envidia de Su Majestad, si llegáramos a encontrarnos con él.
Los tres mosqueteros se inclinaron sobre los cuellos de sus caballos.
—Vaya, a fe mía —dijo Athos—, que su Eminencia hace bien en llevarnos con él; hemos visto bastantes caras sospechosas en el camino, e incluso hemos tenido una disputa en el Palomar Rojo con cuatro de esas caras.