No obstante, ya fuera que los viajeros estuviesen verdaderamente conmovidos por la amabilidad de Planchet o que esta vez nadie estuviese apostado en el camino del joven, nuestros dos viajeros llegaron a Chantilly sin ningún accidente y apearon en la taberna del Gran San Martín, la misma en la que se habían detenido en su primer viaje.
El mesonero, al ver a un joven seguido de un lacayo con dos caballos de repuesto, se adelantó respetuosamente hacia la puerta.
Ahora bien, como ya habían recorrido once leguas, d’Artagnan juzgó que era hora de detenerse, estuviera o no Porthos en la posada. Quizá no fuera prudente preguntar de buenas a primeras qué había sido del mosquetero.
El resultado de estas reflexiones fue que d’Artagnan, sin pedir informes de ninguna especie, echó pie a tierra, encomendó los caballos al cuidado de su lacayo, entró en una salita destinada a recibir a quienes querían estar solos y le pidió al mesonero que le trajere una botella de su mejor vino y un almuerzo tan bueno como fuera posible; deseo que vino a corroborar aún más la alta opinión que el posadero se había formado del viajero a primera vista.
A d’Artagnan, por tanto, se le sirvió con una celeridad milagrosa. El regimiento de los Guardias se reclutaba entre los primeros hidalgos del reino; y d’Artagnan, seguido de un lacayo y viajando con cuatro magníficos caballos, a pesar de la sencillez de su uniforme, no podía dejar de causar sensación.
El propio mesonero quiso servirle; al advertir lo cual, d’Artagnan mandó traer dos vasos y entabló la siguiente conversación.
—A fe, mi buen huésped —dijo d’Artagnan, llenando las dos copas—, pedí una botella de vuestro mejor vino, y si me habéis engañado, seréis castigado en aquello en que hayáis pecado; pues, viendo que