No obstante, como hemos dicho, una circunstancia la tranquilizaba. Felton no había hablado.
Como no parecía estar agitada por las amenazas de lord de Winter, se sentó a la mesa y comió.
Luego, como lo había hecho la tarde anterior, cayó de rodillas y repitió sus oraciones en voz alta.
Como en la víspera, el soldado detuvo su marcha para escucharla.
Poco después oyó unos pasos más ligeros que los del centinela, que venían del fondo del corredor y se detuvieron ante su puerta.
—Es él —dijo ella. Y comenzó el mismo canto religioso que tanto había impresionado a Felton la tarde anterior.
Pero aunque su voz —dulce, plena y sonora— vibraba tan armoniosa y conmovedora como siempre, la puerta permaneció cerrada. Sin embargo, a Milorad le pareció que en una de las furtivas miradas que lanzaba de vez en cuando hacia la reja de la puerta creyó ver los ardientes ojos del joven a través de la estrecha abertura. Pero, ya fuera esto realidad o visión, esta vez él tuvo suficiente dominio de sí mismo para no entrar.
Sin embargo, pocos instantes después de haber terminado su cántico religioso, Milady creyó oír un profundo suspiro. Luego, los mismos pasos que había oído acercarse se alejaron lentamente, como con pesar.