D’Artagnan lo siguió en medio de gritos que se parecía mucho a maldiciones.
Al entrar en el patio de su hotel, Buckingham saltó de su caballo y, sin pensar en lo que sería del animal, le soltó la brida en el cuello y corrió hacia el vestíbulo.
D’Artagnan hizo lo mismo, con un poco más de consideración, sin embargo, hacia aquellas nobles criaturas, cuyas virtudes apreciaba plenamente; pero tuvo la satisfacción de ver a tres o cuatro caballerizos salir corriendo de las cocinas y de las caballerizas, y ocuparse de los bridones.
El duque caminaba tan rápido que a d’Artagnan le costaba trabajo seguirle el paso. Atravesó varias habitaciones, de una elegancia de la que ni los más grandes nobles de Francia tenían la menor idea, y llegó por fin a un dormitorio que era a la vez un milagro de gusto y de riqueza.
En la alcoba de esta habitación había una puerta oculta en el tapiz que el duque abrió con una pequeña llave de oro que llevaba suspendida del cuello por una cadena del mismo metal. Con discreción, d’Artagnan se quedó atrás; pero en el momento en que Buckingham cruzaba el umbral, se dio la vuelta y, al ver la «hesitación» [vacilación] del joven: «¡Entre! —exclamó—, y si tiene la buena fortuna de ser admitido en presencia de Su Majestad, dígale lo que ha visto».
Animado por esta invitación, d’Artagnan siguió al duque, quien cerró la puerta tras ellos. Los dos se encontraron en una pequeña capilla revestida con un tapiz de seda persa bordado en oro, e iluminada espléndidamente con una gran cantidad de velas. Sobre una especie de altar, y bajo un dosel de terciopelo azul coronado de plumas blancas y rojas, se hallaba un retrato de cuerpo