—La pena de muerte —respondió lord de Winter.
—MM. Porthos y Aramis —repitió Athos—, vosotros que sois sus jueces, ¿cuál es la sentencia que pronunciáis sobre esta mujer?
—La pena de muerte —respondieron los mosqueteros con voz hueca.
Milady lanzó un grito espantoso y se arrastró varios pasos de rodillas hacia sus jueces.
Athos tendvió la mano hacia ella.
—Charlotte Backson, condesa de la Fère, Milady de Winter —dijo él—, vuestros crímenes han cansado a los hombres en la tierra y a Dios en el cielo. Si sabéis una oración, rezadla; pues estáis condenada yvais a morir.
A estas palabras, que no dejaban ninguna esperanza, Milady se incorporó en todo su orgullo, y quiso hablar; pero las fuerzas le faltaron. Sintió que una mano poderosa e implacable la agarraba por los cabellos y se la llevaba tan irrevocablemente como el hado arrastra a la humanidad. No intentó, por tanto, la menor resistencia, y salió de la cabaña.
Lord de Winter, d’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis salieron inmediatamente detrás de ella. Los lacayos siguieron a sus amos, y la habitación quedó solitaria, con su ventana rota, su puerta abierta y su lámpara humeante ardiendo tristemente sobre la mesa.