—¡Vaya! —dijeron Porthos y Aramis al unísono, tan pronto como el cardenal estuvo fuera de nuestro alcance—, ¡vaya, ha firmado el papel que ella exigía!
—Lo sé —dijo Athos, con frialdad—, puesto que aquí está.
Y los tres amigos no volvieron a intercambiar una sola palabra hasta llegar a su alojamiento, a excepción de dar la contraseña a los centinelas.
Únicamente enviaron a Mousqueton a decirle a Planchet que se le rogaba a su amo que, en cuanto saliera de las trincheras, fuera al alojamiento de los mosqueteros.
Milady, tal como Athos lo había previsto, al encontrarse con los dos hombres que la esperaban, no puso ninguna dificultad en seguirlos.
Había tenido por un instante la tentación de hacerse conducir de nuevo ante el cardenal y contarle todo; pero una revelación por su parte traería consigo una revelación por parte de Athos.
Ella podía decir que Athos la había ahorcado; pero entonces Athos diría que ella estaba marcada a hierro.
Pensó que lo mejor era guardar silencio, ponerse en camino discretamente para cumplir su difícil misión con su habilidad habitual; y después, una vez hecho todo a satisfacción del cardenal, presentarse ante él y reclamar su venganza.
En consecuencia, después de haber viajado toda la noche, a las siete estaba en el fuerte de la Punta; a las ocho se había embarcado; y a las nueve, el navío, que con cartas de marca del cardenal se suponía que navegaba hacia Bayona, levantó anclas y puso rumbo hacia Inglaterra.