—El papel que representa, pardieu! No es difícil de adivinar, después de todo lo que me ha contado. Es alguna emisaria del cardenal; una mujer que la arrastrará a una trampa en la que dejará la cabeza.
—¡Mil demonios! Mi querido Athos, creo que ves las cosas por el lado oscuro.
—Mi querido amigo, desconfié de las mujeres. ¿Puede ser de otra manera? Pagué cara mi experiencia, particularmente con las mujeres rubias. ¿Milady es rubia, dice?
“¡Tiene el cabello más hermoso que uno pueda imaginar!”
—¡Ah, mi pobre d'Artagnan! —dijo Athos.
“¡Escúchame! Quiero ser iluminado sobre un asunto; luego, cuando haya aprendido lo que deseo saber, me retiraré”.
—¡Ilumínate! —dijo Athos con flema.
Lord de Winter llegó a la hora acordada; pero Athos, avisado de su llegada, pasó al otro cuarto. Encontró, por tanto, a d’Artagnan solo y, como faltaba poco para las ocho, se llevó al joven con él.
Abajo aguardaba un carruaje elegante y, como iba tirado por dos excelentes caballos, no tardaron en llegar a la Place Royale.
Milady Clarik recibió a d’Artagnan ceremoniosamente. Su hotel era sumamente suntuoso y, si bien la mayor parte de los ingleses había abandonado o estaba a punto de abandonar Francia a causa de la guerra, Milady acababa de gastar mucho dinero en su residencia; lo cual probaba que la medida general que expulsaba a los ingleses de Francia no la afectaba a ella.