—Eso es muy sencillo —dijo d’Artagnan—; esperaba esta carta. Mi crédito sube con la caída del del conde de Wardes.
—¿Y vas a ir? —preguntó Kitty.
—Escúchame, querida mía —dijo el gascón, que buscaba en su propio interior una excusa para faltar a la promesa que le había hecho a Athos—; has de comprender que sería imprudente no aceptar una invitación tan explícita. Miladi, al no verme regresar, no sabría qué atribuir a la interrupción de mis visitas y podría sospechar algo; ¿quién sabe hasta dónde llegaría la venganza de una mujer así?
—¡Dios mío! —dijo Kitty—, tú sabes presentar las cosas de tal manera que siempre tienes la razón. Vas a cortejarla otra vez, y si esta vez logras agradarle con tu propio nombre y con tu propia cara, será mucho peor que antes.
El instinto hizo que la pobre Kitty adivinara una parte de lo que iba a suceder. D’Artagnan la tranquilizó lo mejor que pudo y le prometió permanecer insensible a las seducciones de Milady.
Él le suplicó a Kitty que le dijera a su señora que no podía estar más agradecido por sus bondades de lo que ya estaba, y que obedecería sus órdenes. No se atrevía a escribir por miedo a no poder —ante unos ojos tan experimentados como los de Milady— disimular suficientemente su letra.
Al dar las nueve, d'Artagnan estaba en la Place Royale. Era evidente que los criados que esperaban en la antecámara estaban prevenidos, pues en cuanto d'Artagnan apareció, antes incluso de que hubiera preguntado si Milady era visible, uno de ellos corrió a anunciarlo.
—Hacedle entrar —dijo Milady en un tono rápido, pero tan penetrante que D’Artagnan la oyó desde la antecámara.
Fue presentado.