Athos marchó en la dirección indicada y llegó al arrabal situado en el extremo de la ciudad opuesto a aquel por el que él y sus amigos habían entrado en ella. Allí volvió a parecer inquieto y desconcertado, y se detuvo por tercera vez.
Por fortuna pasó un mendigo que, acercándose a Athos para pedirle limosna, Athos le ofreció media corona para que lo acompañara a donde iba.
El mendigo dudó al principio, pero a la vista de la moneda de plata que brillaba en la oscuridad, consintió y caminó delante de Athos.
Llegado a la esquina de una calle, señaló una pequeña casa, aislada, solitaria y lúgubre. Athos se dirigió hacia la casa, mientras que el mendigo, que había recibido su recompensa, se marchó tan rápido como se lo permitían las piernas.
Athos dio la vuelta a la casa antes de poder distinguir la puerta, en medio del color rojo con que estaba pintada. Ninguna luz aparecía a través de las rendijas de los contramarcos; ningún ruido daba motivos para creer que estuviera habitada. Estaba oscura y silenciosa como la tumba.
Tres veces llamó Athos sin recibir respuesta. Al tercer golpe, sin embargo, se oyeron pasos en el interior. La puerta por fin se abrió, y apareció un hombre de alta estatura, tez pálida y cabello y barba negros.
Athos y él intercambiaron algunas palabras en voz baja, luego el hombre alto le hizo seña al mosquetero de que podía entrar. Athos aprovechó inmediatamente el permiso, y la puerta se cerró tras él.
El hombre a quien Athos había venido a buscar desde tan lejos, y a quien había hallado con tanta dificultad, lo introdujo en su laboratorio, donde estaba ocupado en unir con alambre de hierro los huesos secos de